Thursday, May 11, 2006

Memoria del Silencio

Este es un cuento incluido en el libro La Tienda de Palabras de Jesús Marchamalo. Siempre me ha impactado por diversas razones. Empieza este espacio dedicado a las palabras con unas prestadas (o tal vez sea robadas).



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Se titula «Memoria del silencio» – hizo un globo de chicle que le explotó en la cara, un segundo antes de tirarlo a la basura –, anoche lo estuve releyendo... Me tendía un libro pequeño, de tapas blandas y bastante sobado. Uno de esos libros que viajan con nosotros en el metro y los autobuses y que acaban por fagocitarse a sí mismos. De sus páginas sobresalía un señalador que marcaba uno de los cuentos. Era de Umberto Eco. Lo hojeé mientras Ana seguía hablando. – Cuenta la historia de un monasterio, en plena Edad Media. Una isla de paz en un lugar azotado por la guerra y los conflictos armados entre los señores feudales. En él viven poco más de una docena de monjes: largas túnicas marrones, tonsuras, barbas ralas y una especie de bonete, también marrón, en la cabeza.


Ana siguió hablando, deteniéndose en la descripción minuciosa del lugar: un paisaje abrupto, montañoso, casi en la cima de una colina rocosa surcada de caminos serpenteantes, casi siempre desiertos. El monasterio no es más que un pequeño conjunto de edificios de paredes encaladas, con estrechos corredores y escaleras de madera, tejados de pizarra negra, y una ermita minúscula, adornada con frescos, y su campanario coronado por una oxidada cruz de metal.


Los monjes trabajan en un pequeño huerto. No hablan entre sí sino por señas, porque todos han hecho voto de silencio. Las horas de comida, oración, meditación y trabajo están rigurosamente regidas por el sol. Después de un frugal almuerzo, a media mañana, los monjes se dirigen ordenadamente al scriptorium: una sala rectangular, fresca y bien iluminada, en el segundo piso, rodeada de altos armarios de madera abarrotados de libros. Los monjes, siempre en silencio, escriben palabras en pedazos de pergamino, iluminándolas de manera cuidada y exquisita. Llevan siglos haciéndolo. Generaciones y generaciones de monjes silenciosos entregados a guardar y proteger las palabras. Todas las palabras que, después, ordenan amorosamente en pequeños archivadores de madera. Allí se resume la memoria de todo lo nombrado: lo visible y lo invisible, lo material y lo espiritual. Y ése es su único objetivo: guardar las palabras, preservarlas del olvido, la desmemoria, la amnesia colectiva. Porque, afirman, en las palabras se encuentra la certidumbre. Los objetos, los sentimientos comienzan sólo a ser conocidos en el momento en que somos capaces de nombrarlos. Sin palabras no hay nada, sólo un territorio inexplorado y hostil. Nombrar las cosas permite poseerlas... Y eso inquietaba a los poderosos, que veían en los monjes a unos extraños hechiceros dotados del poder, de la magia de las palabras.


Un día acude al monasterio un grupo de forasteros. Buscan asilo. Les persigue una partida de soldados renegados que al día siguiente llega a la abadía. Desde el huerto, uno de los monjes les ve acercarse por el camino. Van envueltos en una espesa nube de polvo. Son diez, quince hombres a caballo, armados con yelmos y cotas de malla. Desmontan y se acercan a la puerta abierta de par en par. El abad, un viejo enjuto de pelo cano llamado Marcelo Zagro, los recibe en silencio. Son mercenarios, hombres rudos acostumbrados a la retórica de la guerra. Le apartan de un violento empujón. El que parece el jefe lleva la espada desenvainada, hay también ballesteros y hombres armados con lanzas y garrotes: gritan, blasfeman, toman al asalto los corredores, registran las celdas rompiendo a patadas todo aquello que se les interpone, acuchillan los jergones de paja y destrozan a hachazos los bancos de madera. Los campesinos, que no han podido escapar, son obligados a salir a empellones. Uno de los hombres armados se para delante del abad, y lo abofetea. Otro prende una tea y la arroja por una de las ventanas del piso inferior. Otros siguen su ejemplo y porfían respecto a su puntería: algunas teas se estrellan contra los muros, pero otras destrozan cristales, vidrieras... A los pocos minutos, de las ventanas comienzan a salir unas rojas lenguas de fuego que despiden un humo negro y compacto. Los soldados se marchan con los campesinos, atados por las manos, trastabillando detrás de los caballos que, al trote, los envuelven en una espesa nube de polvo.


– Y el cuento – concluyó Ana tras una pausa – acaba con el abad y los monjes, tiznados de ceniza los rostros, las manos y las túnicas, viendo desde el huerto, impotentes, cómo el monasterio entero arde pasto de las llamas. Y el abad Zagro rompe entonces a llorar. Y las lágrimas le surcan en el rostro el negro del humo. Llora porque Europa entera está en guerra, y el sonido de los cascos de los caballos retumba por todo el valle como una maldición. Llora por los campesinos, condenados a una muerte segura, y llora, sobre todo, porque el fuego está destruyendo las palabras, las comunes y las olvidadas. Y porque ellos han hecho un voto de silencio que les impide pronunciarlas.



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Apostilla (por el Autor): El cuento apócrifo “Memoria del silencio” decidimos Silvia Meucci y yo atribuírselo a Humberto Eco después de descartar a Ismail Kadaré (a quien, por cierto, también le pega mucho) como posible autor. En realidad está basado en una idea de Daniel Bilbao a quien también debo el nombre del abad.

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