En algún lugar debe haber un basural donde estén abandonadas las explicaciones.
Una sola cosa inquieta en este justo panorama: lo que puede ocurrir el día en que alguien consiga también explicar el basural.
Por Julio Cortázar en "Un tal Lucas."
Las palabras de Mauricio Duque Arrubla: propias, prestadas, robadas, descubiertas, inventadas
Durante los últimos 30 años, desde que por primera vez me convertí en un escritor, ésta ha sido la pregunta que he escuchado con más frecuencia, formulada tanto por lectores como por periodistas. Sus motivaciones dependen del tiempo y del lugar, como ocurre con las cosas que desean saber. Pero todos usan el mismo desconfiado, desdeñoso tono de voz.
A mediados de la década del setenta, cuando por primera vez decidí convertirme en un novelista, la pregunta reflejaba el ignorante punto de vista de que el arte y la literatura eran lujos en un pobre país no occidental atribulado con problemas premodernos. También estaba la sugerencia de que alguien "tan educado y cultivado como usted" debía servir a la nación de un modo más útil, como un doctor combatiendo epidemias o como un ingeniero construyendo puentes.
El filósofo francés Jean-Paul Sartre le dio crédito a este punto de vista a comienzos de la década del setenta cuando dijo que él no hubiera estado en el negocio de escribir novelas si hubiese sido un intelectual de Biafra.
Años más tarde, quienes preguntaban "¿Usted, para quién escribe?" estaban más interesados en averiguar a qué parte de la sociedad me dirigía. Qué lectores buscaba para que leyeran y apreciaran mi trabajo. Yo sabía que esta pregunta era una trampa, porque si no contestaba "escribo para los miembros de la sociedad más pobres y más oprimidos", sería acusado de proteger los intereses de los terratenientes de Turquía y de su burguesía.
Y ello, pese al hecho de que a cualquier escritor de buen corazón que fuera tan ingenuo como para sostener que estaba escribiendo para los campesinos y los trabajadores, rápidamente se le recordaría que sus libros muy difícilmente serían leídos por gente semi analfabeta.
Un total de 30 años más tarde, escucho más que nunca esa pregunta. La pregunta tiene ahora más que ver con el hecho de que mis novelas han sido traducidas a más de 40 idiomas. Especialmente durante los últimos 10 años, mis cada vez más numerosos interrogadores parecen preocupados de que pudiera interpretar sus palabras de manera equivocada, así que ellos se inclinan a agregar: "usted escribe en turco; entonces, ¿escribe sólo para los turcos, o piensa ahora también en la audiencia más amplia a la que llega con sus traducciones?". Ya sea que estemos hablando dentro de Turquía o fuera de mi país, la pregunta siempre está acompañada por la misma desconfiada, desdeñosa sonrisa. Eso me obliga a concluir que, si deseo asegurar la autenticidad de mi trabajo, debo responder: "escribo solamente para los turcos".
Para entender el significado de esta pregunta, tenemos que recordar que el surgimiento de la novela como una forma de arte coincidió con la emergencia del Estado Nación. Cuando se estaban escribiendo las grandes novelas del siglo XIX, el arte de la novela era en todos los sentidos un arte nacional. Balzac, Dickens, Dostoievski y Tolstoi escribieron para la emergente clase media de sus naciones, que podía abrir sus libros y reconocer cada ciudad, calle, casa, habitación y silla; ellos podían compartir los mismos gustos con los que comulgaban en la vida real y discutir las mismas ideas. En el siglo XIX, las novelas de estos grandes autores aparecieron primero en los suplementos de arte y cultura de los periódicos nacionales, porque sus autores le estaban hablando a la nación. Detrás de sus voces narrativas uno puede detectar a un observador preocupado por el estado de salud de su país. Hacia el final del siglo XIX, leer y escribir novelas era unirse a una discusión nacional que estaba cerrada para el exterior.
Pero hoy en día, la escritura de novelas conlleva un significado completamente distinto, como lo hace la lectura de las novelas.
En la actualidad, los lectores de obras de literatura esperan un nuevo libro de Gabriel García Márquez, J. M. Coetzee o Paul Auster del mismo modo que sus predecesores esperaban una nueva novela de Dickens. El público lector mundial de esos novelistas es mucho más grande que el público lector que pueden alcanzar en sus países de origen.
Los escritores narran buscando un lector ideal, la gente que aman. También pueden escribir para sí mismos, o para nadie. Todo esto es verdad. Pero también es cierto que actualmente los narradores también escriben para aquellos que los leen. Podríamos inferir de esto que los escritores de la actualidad escriben menos para sus propias mayorías nacionales (que no los leen) que para las pequeñas minorías de lectores en el mundo, que sí lo hacen.
Así que las preguntas incisivas, y las sospechas sobre las verdaderas intenciones de estos escritores, reflejan la intranquilidad sobre este nuevo orden cultural que ha comenzado a existir desde los últimos 30 años.
Las personas que lo encuentran más perturbador son los representantes de las naciones no occidentales y de sus instituciones culturales. Los Estados no occidentales muy conflictivos que se sienten ansiosos sobre su identidad nacional y reluctantes para enfrentar las marcas negras de su historia desconfían de los novelistas creativos que miran a la historia y al nacionalismo desde una perspectiva no nacional.
Desde su punto de vista, los novelistas que no escriben para las audiencias nacionales están haciendo a ese país exótico para "consumo extranjero" y están inventando problemas que no tienen ninguna base en la realidad.
Hay una sospecha paralela en Occidente, donde muchos lectores creen que las literaturas locales deben permanecer puras y verdaderas, respetando sus raíces nacionales. Su miedo secreto es que un escritor que se dirige a un público lector internacional y se inspira en tradiciones exteriores a las de su propia cultura perderá su autenticidad.
Porque todos los escritores tienen un deseo profundo de ser auténticos es por lo que a mí, incluso después de todos estos años, todavía me gusta cuando me preguntan para quién escribo. Pero aunque la autenticidad de un escritor realmente depende de su habilidad para abrir su corazón al mundo en el cual vive, también igualmente depende de su habilidad para entender su propia cambiante posición en ese mundo.
No hay algo así como un lector ideal, libre de intolerancias y liberado de prohibiciones sociales o de mitos nacionales, del mismo modo que no hay algo así como un novelista ideal. Pero la búsqueda de un novelista por el lector ideal, ya sea éste nacional o internacional, comienza con el novelista imaginándolo que existe, y luego escribiendo libros con él en su pensamiento.
© 2006 Orhan Pamuk (Distributed by The New York Times Syndicate). (Traducción de Mario Szichman)
Si alguien me preguntara cómo surgen las ideas de lo que escribo le explicaría con una cruda analogía: las ideas surgen como los barritos. Un día cualquiera tú vas caminando tranquilo cuando sientes una sensación tirante en la piel anunciando que algo trata de asomarse. Así aparecen las imágenes. Un día cualquiera vas andando por ahí y una asociación de sensaciones engendra un monstruo que quiere salir. Tú lo sientes y no hay nada que hacer porque ya está contigo.
Ahora bien, es tu elección si acudes a la farmacopea para acabar con el barrito que quiere salir. A veces intentas destruirlo por todos los medios y él permanece aferrado, resistiendo, esforzándose porque se le reconozca y se le deje ser. Tú puedes intentar asesinar las ideas a punta de antibióticos pero hay algunas que han desarrollado resistencia y permanecen dándote pelea en tu cerebro hasta que hagas algo con ellas. Van alimentándose de cualquier pensamiento que se te cruce, como un parásito que se aloja dentro de ti. Y se van haciendo fuertes hasta que no queda otra opción que dejarlas salir, impulsarlas a que lo hagan.
Ahí no termina. Como las ideas, unos barritos se atrancan y duelen y enrojecen la piel y te desesperan y hacen que estés pendiente de ellos aunque no surge nada. Sabes que están bajo tu piel, es imposible no notarlo. Los otros también lo ven y no tienes sino la opción de soportarlo. A veces un mechón o un poco de maquillaje los esconden o ellos mismo surgen en sitios que se ocultan fácilmente con la ropa. Pero te incomodan, te desesperan y a veces te agobian y tratas de forzarlos a que salgan. Sufres, te retuerces y con la mayor valentía quieres que tu barrito, tu idea, tome su forma y que la piel se ablande de alguna forma para que salga. Pero sigue allí, te espichas y sale solo una baba insulsa y el dolor permanece. No está listo aún para mostrase; te pide tiempo, a su dolorosa manera. Unos terminan retrocediendo después de los días y un par de semanas después ya no existen. Otros en cambio llegan en manadas y se lanzan a salir como una estampida sin saber tú cual de todos atacar o cultivar primero.
Pero a veces, gracias al cielo, hay unos que aparecen sin dolor, no te preocupas por ellos y sin importarles se fortalecen. Hay alguien que te los muestra o el espejo te los señala. Y tus propios dedos o una mano amiga los presionan para que salgan y obtienes una forma sólida y consistente que te libera y sólo tienes que limpiarte un poco para estar feliz que tu idea tomó forma. Ningún barrito, ninguna idea, se forma impunemente. Después de su aparición ya no eres el mismo, te queda alguna señal, algún rastro, en la piel o en el alma. Y te preparas a enfrentar el próximo, la siguiente inquietud que te empieza a crecer en el cerebro y que no te deja dormir hasta que logras matarla o sacarla a la luz.
Hay formas de evitar los barros: dietas inmaculadas, cremas limpiadoras, peelings y otros tratamientos agresivos. La limpieza impide el surgimiento de los barritos. Por eso las ideas se cultivan de la tierra, del polvo, se te meten bajo las uñas cuando te untas de gente, de bus, de ser humano. Cuando tus ojos se ensucian con paisajes diferentes, cuando tus oídos se llenan de la cera de otras músicas o de voces ajenas, cuando tus dedos tocan pieles ajenas o descubren formas mientras tus ojos no pueden ver. Las burbujas estériles te evitan el contagio de ideas. Tú decides si quieres vivir en la pureza o dejarte contaminar un poco.
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FemChannel: 5 + 5 preguntas
Hay dos grandes razones por las cuales un hombre toma el control remoto y cambia el canal del televisor:
Hay dos grandes razones por las cuales un hombre decide buscar otra mujer cuando ya tiene una pareja establecida. ¿Ya descubrió cuáles son?
Durante una conversación en estos días surgió el tema del control remoto y los hombres y se me dio por pensar en el tema.
Sólo posteriormente se me ocurrió que las mismas dos razones iniciales aplican en la relación hombre – mujer. Lo primero que se me ocurrió fue plantear las cinco preguntas de la relación hombre-televisión a la que tenemos con las mujeres. Y me sonreía con las respuestas. Invito al lector a hacerse las preguntas remplazando los canales por las mujeres teniendo en cuanta que cada canal femenino (lo llamaré FemChannel) tiene una programación propia y de ahí la variedad.
Finalmente cambio “hombre” a “televidente” ya que el comportamiento de las mujeres es cada vez menos diferenciado del masculino y me hago unas preguntas más.
Aparecen más preguntas, muchas más, pero suspendo aquí, con el mismo número de éstas sobre el hombre y sobre el televidente para mantener equilibrio. Usted mismo puede hacérselas y complementar este texto de la forma que más le aplique.
"... En los hábitos literarios también es poderosa la idea de un sujeto único. Es raro que los libros estén firmados. No existe el concepto de plagio: se ha establecido que todas las obras son obra de un solo autor, que es intemporal y es anónimo. La crítica suele inventar autores: elige dos obras disímiles -el Tao Te King y Las Mil y Una Noches, digamos-, las atribuye a un mismo escritor y luego determina con probidad la sicología de ese interesante homme de letres..."
Revisando en sus escritos, inéditos y famosos, encontró el que pudo dar inicio a su destino auto-inflingido. Cuando andaba por los veinte recién cumplidos escribió su primer cuento: el de un escritor que vivía como un personaje dentro de sus libros. A partir de ese descubrimiento, y hasta su muerte, lo acompañó la incertidumbre de no saber si lo escrito por su mano, años atrás, determinaba su futuro o si, tal vez, sus obras solo eran el reflejo, la copia de otro libro, de otro autor, de otro universo, donde no era sino un personaje más.
Nuestras vidas están llenas de escenas cinematográficas y a veces se nos pasan por estar leyendo los subtítulos

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Con las manos en los bolsillos arrastraba sus pies bajo la noche. Hoy no se detendría en Phillies aunque sabía que podría encontrar una charla agradable hasta el amanecer. Cambiaría de acera y pasaría de largo aunque la luz del café iluminaba toda la esquina y, de cara a la calle, Joe podría verlo. Saludaría con la mano en alto y continuaría su camino.