Wednesday, September 05, 2007
De las palabras hermosas 5
Una palabra que se deja tocar; llena de sonidos, de colores y de aromas. Y seguramente tiene un maravilloso sabor.
Thursday, May 17, 2007
Mini cuento de Hemingway
For sale: baby shoes, never worn.
Traducción
Para la venta: zapatos de bebé, sin usar
Si se necesita una mejor traducción por favor déjela en los comentarios
Wednesday, April 25, 2007
El instinto de matar cucarachas
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Esa era su vida, dos años antes de que Gastón empezara a esperar el aeroplano, y seguía siendo igual la tarde en que fue a la librería del sabio catalán y encontró a cuatro muchachos despotricadores, encarnizados en una discusión sobre los métodos de matar cucarachas en la Edad media. El viejo librero, conociendo la afición de Aureliano por libros que solo había leído Beda el Venerable, lo instó con una cierta malignidad paternal a que terciara en la controversia, y él ni siquiera tomó aliento para explicar que las cucarachas, el insecto alado más antiguo de la tierra, era ya la víctima favorita de los chancletazos en el Antiguo Testamento, pero que como especie era definitivamente refractaria a cualquier método de exterminio, desde las rebanadas de tomates con bórax hasta la harina con azúcar, pues sus mil seiscientas tres variedades habían resistido a la más remota, tenaz y despiadada persecución que el hombre había desatado desde sus orígenes contra ser viviente alguno, inclusive el propio hombre, hasta el extremo de que así como se atribuía el género humano un instinto de reproducción, debía atribuírsele otro más definido y apremiante que era el instinto de matar cucarachas, y que si estas habían logrado escapar a la ferocidad humana era porque se habían refugiado en las tinieblas, donde se hicieron invulnerables por el miedo congénito del hombre a la oscuridad, pero en cambio se volvieron susceptibles al calor del mediodía, de modo que ya en la Edad Media, en la actualidad y por los siglos de los siglos, el único método eficaz para matar cucarachas era el deslumbramiento solar.
Thursday, April 05, 2007
Apadrinando palabras
y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo.
Gabriel García-Márquez (Cien años de soledad)
Ahora que saco tiempo para escribir, los demás blogueros sacan tiempo para viajar. Bueno, si uno escribiera solo para que lo leyeran, ésta sería la peor estrategia.
Resulta que la escuela de escritores ha lanzado una convocatoria para abrazar viejas palabras que hoy están cayendo en desuso, sea porque sus conceptos se han perdido, porque han sido desplazadas por extranjerismos o por otras varias razones:
Todos, quien más, quien menos, tenemos alguna palabra asociada al corazón, adscrita a la memoria, eco de nuestra infancia. Chiquilicuatre, locatigüisquis, pintiparado. Una palabra que hace años que no oyes y sin embargo te pertenece. Saltimbanqui, querubín, cáspita. Una palabra que, desde luego, no consentirías que nadie te arrebatase. Abarloar, organdí, zarzaparrilla. Una palabra, al fin, que te gustaría que siguiera viva cuando ya no estés.
Queremos que nos ayudes a salvar el mayor número posible de esas palabras amenazadas por la pobreza léxica, barridas por el lenguaje políticamente correcto, sustituidas por una tecnocracia lingüística que convierte en "técnicos de superficie" a los barrenderos de toda la vida o perseguidas por extranjerismos furtivos que nos fuerzan a hacer 'outsourcing' de recursos en lugar de subcontratar gente.
Como siempre, cuando lo ponen a uno a pensar aparece el bloqueo. Pero mi esposa me regaló una para la lista: Lunfardo
¿Cuál es la tuya? Escríbela en los comentarios. Si te da miedo ingresar tu clave de gmail por aquello de los malandros que roban claves, deja tu comentario anónimo y firma con tu nombre.
Apadrinando palabras: todos los datos aquí
Tuesday, November 14, 2006
De las palabras hermosas 4
De las palabras hermosas de la Escuela de escritores escojo una. Como en los reinados "fue muy difícil elegir, todas merecen ser la ganadora."
Pero las demás estarán en la lista de espera de palabras hermosas. Su turno les llegará.
Califa en la RAE
PD: Este post fue escrito el 1 de diciembre de 2009 cuando noté que no había palabra hermosa 4 sino una lista de las palabras hermosas de la Escuela de escritores. Pero la fecha fue puesta para que se conservara el orden.
Palabras hermosas de la Escuela de Escritores
Los amigos de la Escuela de Escritores hicieron hace algún tiempo una convocatoria para que la gente votara por la palabra más hermosa. La triunfadora fue amor. Pero hoy quiero dejarles las escogidas por los invitados especiales y dieron la explicación de su escogencia. Aquí hago la lista de las palabras pero aquí pueden además encontrar las explicaciones. Algunas fueron escogidas más de una vez. Si desconocen el significado de alguna o quieren repasar los que ya conocen aquí está el link del diccionario de la Real Academia Española.
abismo, abrazo
albahaca, amantes
antiflogístico, azacán
azahar, barbilampiño
califa, camino
caravana, coño
cristalino, desasosiego
despertador, espléndido
fe , fogón
generosidad, hallazgo
jarro, libertad
madre, mórbida
nauseabundo, ornitorrinco
palabra, pendón
república, resplandor
ultramarino, valor
verdad, zambra.
Thursday, November 02, 2006
Muy bizarro.
Blog de Uldarico
Monday, October 30, 2006
Destino de las explicaciones
Saturday, October 21, 2006
Palabras de Paul Auster
No sé por qué me dedico a esto. Si lo supiera, probablemente no tendría necesidad de hacerlo. Lo único que puedo decir, y de eso estoy completamente seguro, es que he sentido tal necesidad desde los primeros tiempos de mi adolescencia. Me refiero a escribir, y en especial a la escritura como medio para narrar historias, relatos imaginarios que nunca han sucedido en eso que denominamos mundo real. Sin duda es una extraña manera de pasarse la vida: encerrado en una habitación con la pluma en la mano, hora tras hora, día tras día, año tras año, esforzándose por llenar unas cuartillas de palabras con objeto de dar vida a lo que no existe…, salvo en la propia imaginación. ¿Y por qué se empeñaría alguien en hacer una cosa así? La única respuesta que se me ha ocurrido alguna vez es la siguiente: porque no tiene más remedio, porque no puede hacer otra cosa.
Esa necesidad de hacer, de crear, de inventar es sin duda un impulso humano fundamental. Pero ¿con qué objeto? ¿Qué sentido tiene el arte, y en particular el arte de narrar, en lo que llamamos mundo real? Ninguno que se me ocurra; al menos desde el punto de vista práctico. Un libro nunca ha alimentado el estómago de un niño hambriento. Un libro nunca ha impedido que la bala penetre en el cuerpo de la víctima. Un libro nunca ha evitado que una bomba caiga sobre civiles inocentes en el fragor de una guerra. Hay quien cree que una apreciación entusiasta del arte puede hacernos realmente mejores: más justos, más decentes, más sensibles, más comprensivos. Y quizá sea cierto; en algunos casos, raros y aislados. Pero no olvidemos que Hitler empezó siendo artista. Los tiranos y dictadores leen novelas. Los asesinos leen literatura en la cárcel. ¿Y quién puede decir que no disfrutan de los libros tanto como el que más?
En otras palabras, el arte es inútil, al menos comparado con, digamos, el trabajo de un fontanero, un médico o un maquinista. Pero ¿qué tiene de malo la inutilidad? ¿Acaso la falta de sentido práctico supone que los libros, los cuadros y los cuartetos de cuerda son una pura y simple pérdida de tiempo? Muchos lo creen. Pero yo sostengo que el valor del arte reside en su misma inutilidad; que la creación de una obra de arte es lo que nos distingue de las demás criaturas que pueblan este planeta, y lo que nos define, en lo esencial, como seres humanos. Hacer algo por puro placer, por la gracia de hacerlo. Piénsese en el esfuerzo que supone, en las largas horas de práctica y disciplina que se necesitan para ser un consumado pianista o bailarín. Todo ese trabajo y sufrimiento, los sacrificios realizados para lograr algo que es total y absolutamente… inútil.
La narrativa, sin embargo, se halla en una esfera un tanto diferente de las demás artes. Su medio es el lenguaje, y el lenguaje es algo que compartimos con los demás, común a todos nosotros. En cuanto aprendemos a hablar, empezamos a sentir avidez por los relatos. Los que seamos capaces de rememorar nuestra infancia recordaremos el ansia con que saboreábamos el cuento que nos contaban en la cama, el momento en que nuestro padre, o nuestra madre, se sentaba en la penumbra junto a nosotros con un libro y nos leía un cuento de hadas. Los que somos padres no tendremos dificultad en evocar la embelesada atención en los ojos de nuestros hijos cuando les leíamos un cuento. ¿A qué se debe ese ferviente deseo de escuchar? Los cuentos de hadas suelen ser crueles y violentos, describen decapitaciones, canibalismo, transformaciones grotescas y encantamientos maléficos. Cualquiera pensaría que esos elementos llenarían de espanto a un crío; pero lo que el niño experimenta a través de esos cuentos es precisamente un encuentro fortuito con sus propios miedos y angustias interiores, en un entorno en el que está perfectamente a salvo y protegido. Tal es la magia de los relatos: pueden transportarnos a las profundidades del infierno, pero en realidad son inofensivos.
Nos hacemos mayores, pero no cambiamos. Nos volvemos más refinados, pero en el fondo seguimos siendo como cuando éramos pequeños, criaturas que esperan ansiosamente que les cuenten otra historia, y la siguiente, y otra más. Durante años, en todos los países del mundo occidental, se han publicado numerosos artículos que lamentan el hecho de que se leen cada vez menos libros, de que hemos entrado en lo que algunos llaman la “era posliteraria”. Puede que sea cierto, pero de todos modos no ha disminuido por eso la universal avidez por el relato. Al fin y al cabo, la novela no es el único venero de historias. El cine, la televisión y hasta los tebeos producen obras de ficción en cantidades industriales, y el público continúa tragándoselas con gran pasión. Ello se debe a la necesidad de historias que tiene el ser humano. Las necesita casi tanto como el comer, y sea cual sea la forma en que se presenten –en la página impresa o en la pantalla de televisión–, resultaría imposible imaginar la vida sin ellas.
De todos modos, en lo que respecta al estado de la novela, al futuro de la novela, me siento bastante optimista. Hablar de cantidad no sirve de nada cuando nos referimos a los libros; porque no hay más que un lector, sólo un lector en todas y cada una de las veces. Lo que explica el particular influjo de la novela, y por qué, en mi opinión, nunca desaparecerá como forma literaria. La novela es una colaboración a partes iguales entre el escritor y el lector, y constituye el único lugar del mundo donde dos extraños pueden encontrarse en condiciones de absoluta intimidad. Me he pasado la vida entablando conversación con gente que nunca he visto, con personas que jamás conoceré, y así espero seguir hasta el día en que exhale mi último aliento.
Nunca he querido trabajar en otra cosa.
Friday, October 13, 2006
Para quién escribe un Nobel
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Todavía me gusta cuando me preguntan para quién escribo 
Durante los últimos 30 años, desde que por primera vez me convertí en un escritor, ésta ha sido la pregunta que he escuchado con más frecuencia, formulada tanto por lectores como por periodistas. Sus motivaciones dependen del tiempo y del lugar, como ocurre con las cosas que desean saber. Pero todos usan el mismo desconfiado, desdeñoso tono de voz.
A mediados de la década del setenta, cuando por primera vez decidí convertirme en un novelista, la pregunta reflejaba el ignorante punto de vista de que el arte y la literatura eran lujos en un pobre país no occidental atribulado con problemas premodernos. También estaba la sugerencia de que alguien "tan educado y cultivado como usted" debía servir a la nación de un modo más útil, como un doctor combatiendo epidemias o como un ingeniero construyendo puentes.
El filósofo francés Jean-Paul Sartre le dio crédito a este punto de vista a comienzos de la década del setenta cuando dijo que él no hubiera estado en el negocio de escribir novelas si hubiese sido un intelectual de Biafra.
Años más tarde, quienes preguntaban "¿Usted, para quién escribe?" estaban más interesados en averiguar a qué parte de la sociedad me dirigía. Qué lectores buscaba para que leyeran y apreciaran mi trabajo. Yo sabía que esta pregunta era una trampa, porque si no contestaba "escribo para los miembros de la sociedad más pobres y más oprimidos", sería acusado de proteger los intereses de los terratenientes de Turquía y de su burguesía.
Y ello, pese al hecho de que a cualquier escritor de buen corazón que fuera tan ingenuo como para sostener que estaba escribiendo para los campesinos y los trabajadores, rápidamente se le recordaría que sus libros muy difícilmente serían leídos por gente semi analfabeta.
Un total de 30 años más tarde, escucho más que nunca esa pregunta. La pregunta tiene ahora más que ver con el hecho de que mis novelas han sido traducidas a más de 40 idiomas. Especialmente durante los últimos 10 años, mis cada vez más numerosos interrogadores parecen preocupados de que pudiera interpretar sus palabras de manera equivocada, así que ellos se inclinan a agregar: "usted escribe en turco; entonces, ¿escribe sólo para los turcos, o piensa ahora también en la audiencia más amplia a la que llega con sus traducciones?". Ya sea que estemos hablando dentro de Turquía o fuera de mi país, la pregunta siempre está acompañada por la misma desconfiada, desdeñosa sonrisa. Eso me obliga a concluir que, si deseo asegurar la autenticidad de mi trabajo, debo responder: "escribo solamente para los turcos".
Para entender el significado de esta pregunta, tenemos que recordar que el surgimiento de la novela como una forma de arte coincidió con la emergencia del Estado Nación. Cuando se estaban escribiendo las grandes novelas del siglo XIX, el arte de la novela era en todos los sentidos un arte nacional. Balzac, Dickens, Dostoievski y Tolstoi escribieron para la emergente clase media de sus naciones, que podía abrir sus libros y reconocer cada ciudad, calle, casa, habitación y silla; ellos podían compartir los mismos gustos con los que comulgaban en la vida real y discutir las mismas ideas. En el siglo XIX, las novelas de estos grandes autores aparecieron primero en los suplementos de arte y cultura de los periódicos nacionales, porque sus autores le estaban hablando a la nación. Detrás de sus voces narrativas uno puede detectar a un observador preocupado por el estado de salud de su país. Hacia el final del siglo XIX, leer y escribir novelas era unirse a una discusión nacional que estaba cerrada para el exterior.
Pero hoy en día, la escritura de novelas conlleva un significado completamente distinto, como lo hace la lectura de las novelas.
En la actualidad, los lectores de obras de literatura esperan un nuevo libro de Gabriel García Márquez, J. M. Coetzee o Paul Auster del mismo modo que sus predecesores esperaban una nueva novela de Dickens. El público lector mundial de esos novelistas es mucho más grande que el público lector que pueden alcanzar en sus países de origen.
Los escritores narran buscando un lector ideal, la gente que aman. También pueden escribir para sí mismos, o para nadie. Todo esto es verdad. Pero también es cierto que actualmente los narradores también escriben para aquellos que los leen. Podríamos inferir de esto que los escritores de la actualidad escriben menos para sus propias mayorías nacionales (que no los leen) que para las pequeñas minorías de lectores en el mundo, que sí lo hacen.
Así que las preguntas incisivas, y las sospechas sobre las verdaderas intenciones de estos escritores, reflejan la intranquilidad sobre este nuevo orden cultural que ha comenzado a existir desde los últimos 30 años.
Las personas que lo encuentran más perturbador son los representantes de las naciones no occidentales y de sus instituciones culturales. Los Estados no occidentales muy conflictivos que se sienten ansiosos sobre su identidad nacional y reluctantes para enfrentar las marcas negras de su historia desconfían de los novelistas creativos que miran a la historia y al nacionalismo desde una perspectiva no nacional.
Desde su punto de vista, los novelistas que no escriben para las audiencias nacionales están haciendo a ese país exótico para "consumo extranjero" y están inventando problemas que no tienen ninguna base en la realidad.
Hay una sospecha paralela en Occidente, donde muchos lectores creen que las literaturas locales deben permanecer puras y verdaderas, respetando sus raíces nacionales. Su miedo secreto es que un escritor que se dirige a un público lector internacional y se inspira en tradiciones exteriores a las de su propia cultura perderá su autenticidad.
Porque todos los escritores tienen un deseo profundo de ser auténticos es por lo que a mí, incluso después de todos estos años, todavía me gusta cuando me preguntan para quién escribo. Pero aunque la autenticidad de un escritor realmente depende de su habilidad para abrir su corazón al mundo en el cual vive, también igualmente depende de su habilidad para entender su propia cambiante posición en ese mundo.
No hay algo así como un lector ideal, libre de intolerancias y liberado de prohibiciones sociales o de mitos nacionales, del mismo modo que no hay algo así como un novelista ideal. Pero la búsqueda de un novelista por el lector ideal, ya sea éste nacional o internacional, comienza con el novelista imaginándolo que existe, y luego escribiendo libros con él en su pensamiento.
© 2006 Orhan Pamuk (Distributed by The New York Times Syndicate). (Traducción de Mario Szichman)