Nuestras vidas están llenas de escenas cinematográficas y a veces se nos pasan por estar leyendo los subtítulos
Lo hice en este post del blog de Lo que cuenta mi mamá
Las palabras de Mauricio Duque Arrubla: propias, prestadas, robadas, descubiertas, inventadas
Nuestras vidas están llenas de escenas cinematográficas y a veces se nos pasan por estar leyendo los subtítulos

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Con las manos en los bolsillos arrastraba sus pies bajo la noche. Hoy no se detendría en Phillies aunque sabía que podría encontrar una charla agradable hasta el amanecer. Cambiaría de acera y pasaría de largo aunque la luz del café iluminaba toda la esquina y, de cara a la calle, Joe podría verlo. Saludaría con la mano en alto y continuaría su camino.
Copio, una vez más violando la propiedad intelectual pero haciendo explícito el autor y la fuente, un artículo sobre temas interesantes de lenguaje. En esta ocasión es de la Revista Semana, y el autor es Héctor Abad. Es un artículo sobre el autodenominado 'lenguaje incluyente'.
Estoy de acuerdo con lo que dice Abad. Es una forma artificiosa de buscar la inclusión donde no debe buscarse. Está claro que en mis blogs cuando se usa el género másculino en palabras como 'niños' se entiende que incluye a ambos géneros a menos que el contexto se refiera exclusivamente al género masculino.
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Una de mis obsesiones es el mal uso que mucha gente le da al verbo colocar, por dárselas de elegantes y, algunos, porque dicen que solo las gallinas 'ponen'. Me encontré en las Lecturas Dominicales de El Tiempo esta gran aclaración sobre el tema que hace Soledad Moliner. Copio el texto completo, sabiendo que en cierta forma estoy infringiendo derechos de autor y algo de la propiedad inelectual del periódico.
La columna que la señora Moliner publica cada semana es my recomendable y es casi homóonima con este blog. se llama "Pida la palabra"
El link de la columna es éste.
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Por Soledad Moliner
No ponga colocar: coloque poner
La siguiente es una antología elaborada con ayuda de mis alumnos y de algunos lectores, donde el verbo colocar ha desplazado artera e incorrectamente al verbo poner. Casi todas proceden de medios de comunicación:
"Me coloca al borde de la quiebra"
"A la bebé la colocaron Valentina"
"Eso me colocó a pensar"
"Ella se colocó brava"
"La debo colocar en práctica"
"Esta tarjeta es para que no le coloquen problemas al entrar"
"Me colocó en ridículo"
"Voy a colocar la queja"
"Esas cosas me colocan nervioso"
"No pude asistir, porque mi mamá se colocó enferma"
La lista podría hacerse interminable ("me coloqué rojo", "colocamos mucha atención", etc.), porque los hispanohablantes ingenuos han creído que es mucho más elegante el empleo de "colocar" que el de "poner". Parte del encanto de una lengua son sus matices. Colocar es un matiz de poner, así como guisar es una precisión de cocinar. Por eso no son sinónimos, y a menudo es una barbaridad sustituir "poner" por "colocar".
En su acepción más amplia, según don Rufino J Cuervo, colocar es "poner en el lugar debido". La Real Academia dice algo semejante. Así, pues, colocar no es simplemente poner, sino poner donde corresponde. De manera que nadie se coloca colorado, ni enfermo. En cambio, aquella lamparita hay que colocarla en la mesa roja, porque en la verde se ve mal.
Otras dos acepciones específicas de colocar: 1) Invertir dinero, acciones o valores ("Coloqué plata al tres por ciento"). 2) Acomodar a una persona en un empleo ("Mi hermano se colocó en el Senado").
Como norma general, evite el uso de "colocar" y juéguesela con "poner": hay menos posibilidades de meter las patas y ponerse colorado.
Además, conviene hacerlo ya mismo, antes de que el virus contamine a toda la familia: "Hay que poscolocar la cita", "No es bueno antecolocar los intereses personales a los de la patria".
Y aquí pongo término a esta columna y coloco el punto final.
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Formule sus consultas sobre lenguaje a soledadmoliner@hotmail.com o a LECTURAS FIN DE SEMANA de EL TIEMPO, Avda. Eldorado 59-70, Bogotá D. C.
Desde que se terminó la construcción del nuevo puerto fue disminuyendo la cantidad de los barcos que pasaban por acá. Hace tiempo que ninguno se aparece y a pesar de eso habían decidido mantener el faro. Finalmente llegó algún burócrata con algo de seso y programó que esta noche sea la última. Pareciera que el mar lo supiera y además de apagar la luz quisiera destruir la estructura para que no quede ni el recuerdo.
A comienzos de este año se supo de una ballena extraviada en el Támesis. En su momento escribí algo sobre eso en el blog En medio del ruido y hoy me doy cuenta que fue el comienzo de lo que hoy llamo "Palabras de fotos". No fue sólo la foto la que me inspiró un cuentito pero fue el construir una historia de lo que no se ve en lo que nos cuentan. Aquí la dejo.
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Una ballena andaba de gira por Londres. Dicen que se distrajo siguiendo peces, como una niña que se extravía de sus padres, corriendo tras un globo suelto y gritando de alegría. Pudo ser también que tareara viejas canciones, de la misma forma que los humanos vamos por la calle pensando en quién sabe quién, o nos pasamos del paradero correcto del transmilenio porque andábamos recordando o imaginando los abrazos de quien nos cambió la vida.
Aunque la ballena iba cantando, y eso no lo dicen quienes la vieron, su inaudible canción buscaba sólo un par de oídos. Centenares de peces y unos delfines que anteriormente habían ido por allí cuentan que en algún segundo piso cerca del Támesis permanecía una vieja sirena, quien hace cientos de años se exilió voluntariamente en la zona, mucho antes que se construyera la torre, el parlamento o el Big Ben. La ballena iba llamándola con sus cantos ancestrales. Hay quienes aseguran haber presenciado que desde una silla de ruedas se lanzó al agua una anciana con una enorme y dorada cola de pescado, según pudo verse al caer la manta que cubría la parte inferior de su cuerpo. Las vieron escapar río abajo saltando alegremente. En la orilla quedó la silla vacía y un sirviente tan viejo como la anciana. Dicen que responde al nombre de Ulises.----
Mar Blanco
"Jugaban a los submarinos bajo el mar blanco. El capitán había ordenado el silencio en las comunicaciones mientras el peligroso destructor vagaba por la superficie con su vistosa bandera del color de la rosa de China. Si eran descubiertos se echaría a perder la expedición."
A tu derecha surgió de repente, tras una curva, la primera laguna de flamengos. "Entonces el viejo no me estaba engañando", pensaste. Era solo el comienzo; monte adentro podrías descubrir que el hombre mentía pero ya estarías demasiado lejos, sería demasiado tarde. Sorbiste un poco de agua y siguiendo la sombra de unos matarratones te internaste en la maraña."
Con los codos apoyados sobre mis rodillas, tomándote entre mis dos manos, cierro los ojos y tu aroma me eleva. Viene a mis recuerdos un desayuno en la finca. Mesa burda de madera sobre el cemento entre las dos casas; en un plato las arepas recién asadas en el horno de leña mientras yo estoy sentado en el banco largo donde caben también mis hermanos. En mi ensoñación, como hoy, sostengo una taza sin orejas que me entrega un café lleno de misterios. Abro los ojos y estoy de vuelta en mi sala, sobre el piso, con postura de monje. Dirijo el borde del pocillo hacia mis labios que tiemblan ante el humeante líquido negro que se les aproxima pero el olfato los calma al contarles que no es ningún castigo medieval sino una forma más de complacerlos.
Sin azúcar, como debe ser, entra en mi boca mientras las notas frutales y ácidas empiezan a bailar de un lado a otro. El amargo en su punto justo se explaya mientras hago unos buchecitos para que los secretos del pecado salten por mi boca. Su divino poder que quita el cansancio va a mi estómago camino a mi alma. Lento, el café pasa bajó la campanilla haciendo música con ella y mis labios se abren cuando la taza se aleja para permitir unos cuantos segundos de éxtasis. Antes que la siguiente dosis de poder llegue como un sorbo a mi cuerpo.
Ahí está mirándome. ¿O no? ¿O está mirando por estos lados pero no a mí? ¿Estará mirando a esa loba boba de allá? Ahí está con los amigos, que jartera de tipos. En cambio él es mucho divino, un poquito callado pero lindo. Y dicen que es lo más de tierno. Sí, creo que me mira porque cuando después de un instante de sostenerle la mirada voy a sonreírle baja la cara y se hace como que no es con él. ¿Será que no sabe bailar? Mucho bobo, eso no importa. Yo le enseño gratis si quiere. Además ninguno de esos patanes de sus amigotes baila nada y no les importa. Eso sí, tienen decisión y no les importa hacer el oso.
Era uno de mis viajes de vacaciones a Nueva York e iba montado en el tren de la línea F, dirección Uptown, de Brooklyn hacia Queens pasando por Manhattan. Yo tenía programado descender en esa isla y poco antes de pasar bajo el East river se subió la protagonista de este relato y se sentó en una de las tantas sillas vacías a las 11 de la mañana en el metro. Como ven, no he olvidado ese momento. Aquél en el que las palabras y la gramática inglesas salieron por una de esas ventanuchas miserables que a veces están abiertas en los vagones. Allá quedaron y no me han alcanzado de nuevo.
Ella iba acompañada de dos muchachos jóvenes y dialogaban con esa fluidez que mis tripas envidiaban. Yo iba cargado con toda la parafernalia que acostumbro incluir cuando viajo como turista: cámara, cuaderno, esfero, gorra, mapas… Iba con el miedo que le da a cualquier extranjero hablar en Estados Unidos, aumentado por la parálisis causada al encontrar la mujer de los sueños justo enfrente y con el pánico de cometer cualquier equivocación que terminara con mi humanidad acusada por acoso sexual en uno de esas precintos policiales que tanto vemos en los enlatados. No pretendía enredarme con ella, sólo quería tener su foto y aquí me tienen, pensando todavía qué era lo que debía haber dicho o si simplemente debía ajustar la cámara, sonreírle y tomar un par de instantáneas que me ayudaran a recordarla.
Creo que ni una mirada suya obtuve, la cámara estuvo en mis manos sin lograr una fotografía borrosa. Ni una con mal encuadre, cortada o velada. Fue antes del famoso once de septiembre entonces la paranoia no habitaba sino en mi cerebro. Finalmente llegué a donde había planeado y sin vergüenza de mi cobardía dejé el tren sin parar de mirarla. Ella siguió sentada cuando las puertas se cerraron y el tren arrancó. Yo quedé parado en el andén unos segundos y con la certeza del futuro perdido tomé mi camino, guarde la cámara en su estuche, éste en el morral y salí a enfrentar el agobiante calor de julio en la capital del mundo, la ciudad de las oportunidades.