Sunday, August 20, 2006

Sobre el lenguaje incluyente

Copio, una vez más violando la propiedad intelectual pero haciendo explícito el autor y la fuente, un artículo sobre temas interesantes de lenguaje. En esta ocasión es de la Revista Semana, y el autor es Héctor Abad. Es un artículo sobre el autodenominado 'lenguaje incluyente'.


Estoy de acuerdo con lo que dice Abad. Es una forma artificiosa de buscar la inclusión donde no debe buscarse. Está claro que en mis blogs cuando se usa el género másculino en palabras como 'niños' se entiende que incluye a ambos géneros a menos que el contexto se refiera exclusivamente al género masculino.

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Colombianos y colombianas, ridículos y ridículas?

Si el manual de estilo obligara a usar el lenguaje incluyente, el título tendría que decir: “cadena perpetua para violadores y violadoras de niños y de niñas”

Por Héctor Abad Faciolince
En estos días una amiga que aprecio mucho por su valor e independencia, Florence Thomas, escribió en El Tiempo que yo era "absolutamente alérgico al lenguaje incluyente". No la desmiento, lo soy, sobre todo si por lenguaje incluyente se entiende la costumbre de reemplazar la letra 'a' y la letra 'o' por el signo @ (querid@s amig@s), o si cada vez que uno dice "ciudadanos" debe añadir también "ciudadanas".

Dijo también que, a pesar de esta alergia, tendría que acostumbrarme al lenguaje incluyente (el que no excluye a las mujeres), "porque es un debate contemporáneo importante que estamos ganando poco a poco". Y concluyó con una pregunta: "¿Sí o no, Héctor?" Respondo: No, querida Florence, y voy a tratar de explicar por qué no.

El género es una categoría gramatical que no tiene nada que ver con el sexo. Cuando yo digo, por ejemplo, que "las personas tienen estómago", aunque "personas" tenga género femenino no estoy excluyendo a los hombres. Y aunque "estómago" sea masculino de género, lo llevan por dentro los dos sexos por igual. De hecho el órgano viril por excelencia, suele tener en castellano género femenino y (excúsenme los oídos castos) puedo citar los casos de la verga, la polla, la picha y la mondá, cuatro instrumentos idénticos de género femenino, aunque evidentemente de sexo masculino. Y en España, al menos, pasa lo inverso con la parte correspondiente de la mujer y, por típicamente femenino que sea (en cuanto al sexo) el coño, el género de esta palabra es masculino.

Cita Florence en apoyo de su tesis un titular de El Tiempo que decía así: "Piden cadena perpetua para violadores de niños". Thomas se indigna porque la mayoría de las víctimas del delito de violación son niñas y no niños, y siente que El Tiempo, al escribir niños, está dejando en la sombra a las niñas, excluyéndolas, negando su sexo, y propone que el título correcto debería haber sido: "Cadena perpetua para violadores de niñas y niños". En realidad, si el manual de estilo del periódico obligara a los periodistas a usar un "lenguaje incluyente", el título, más exacto, tendría que decir: "Cadena perpetua para violadores y violadoras de niñas y de niños". Sé muy bien que por cada mil violadores hombres, si mucho, hay una violadora mujer, pero si uno se va a poner muy preciso, y si se va a saltar la economía propia del idioma, es difícil saber dónde trazar la raya.

Como el género, insisto, es un asunto gramatical y no sexual, hay una convención en varias lenguas occidentales (español, francés…) según la cual ante un número plural de personas, se usará, por economía verbal, el género masculino, lo cual no excluye a las integrantes de ese grupo específico que tengan sexo femenino.

Si Florence viviera en Alemania no había podido escribir su protesta en el caso de los niños violados, puesto niño, en alemán, es neutro: das Kind. El género es una cosa arbitraria y rara. La palabra mano, en italiano, es femenina como en español, pero su plural (mani) usa la i, que es una típica terminación de género masculino. Se sabe que 'sol' es femenino en alemán (die Sonne, la sol), y luna se dice der Mond (es decir, el luna), y para mayor enredo, ni siquiera la palabra 'muchacha' es femenina, sino neutra: das Mädchen. Con esto quiero demostrar la arbitrariedad que tiene el género gramatical. Es más, hay lenguas no occidentales con muchísimos otros géneros: animal, neutro, dual, de cosa animada, de cosa inanimada, para vegetales, para minerales…

Florence pide "sentido común" en el uso del lenguaje incluyente. No lo pide para las novelas (menos mal) sino para "los documentos oficiales, los discursos políticos, las constituciones, leyes y decretos". El artículo 51 de la Constitución Nacional, por ejemplo, dice así: "Todos los colombianos tienen derecho a vivienda digna". La constitución de Florence diría: "Todas las colombianas y todos los colombianos tienen derecho a vivienda digna". No me convence; me parece redundante, feo e inútil y me lo seguirá pareciendo incluso si algún día, como escribe Thomas "ganan este debate". Es más, me parece mucho más importante el debate de la vivienda digna que el del lenguaje incluyente.

Creo que en ese debate hay un exceso de susceptibilidad de parte de algunas mujeres. Sé que no todas ellas se sienten excluidas cuando se usa el género masculino para el plural, por simple economía de lenguaje, y no para discriminar. Al fin y al cabo, todas las personas que existen en el mundo pueden ser calificadas con adjetivos negativos, y también la mitad de los oficios y actividades pueden tener una connotación peyorativa. Y en todas esas acepciones negativas, el género masculino carga con la abominación, sin que los de mi sexo protestemos. Si usáramos de verdad un lenguaje incluyente, tendríamos que decir no sólo colombianos y colombianas, sino también asesinos y asesinas, borrachos y borrachas, secuestradores y secuestradoras, violadores y violadoras, feos y feas, brutos y brutas, estúpidos y estúpidas. ¿De verdad les parecería bueno usar el lenguaje así?

Sobre el verbo poner

Una de mis obsesiones es el mal uso que mucha gente le da al verbo colocar, por dárselas de elegantes y, algunos, porque dicen que solo las gallinas 'ponen'. Me encontré en las Lecturas Dominicales de El Tiempo esta gran aclaración sobre el tema que hace Soledad Moliner. Copio el texto completo, sabiendo que en cierta forma estoy infringiendo derechos de autor y algo de la propiedad inelectual del periódico.

La columna que la señora Moliner publica cada semana es my recomendable y es casi homóonima con este blog. se llama "Pida la palabra"

El link de la columna es éste.

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Por Soledad Moliner

No ponga colocar: coloque poner

La siguiente es una antología elaborada con ayuda de mis alumnos y de algunos lectores, donde el verbo colocar ha desplazado artera e incorrectamente al verbo poner. Casi todas proceden de medios de comunicación:

"Me coloca al borde de la quiebra"

"A la bebé la colocaron Valentina"

"Eso me colocó a pensar"

"Ella se colocó brava"

"La debo colocar en práctica"

"Esta tarjeta es para que no le coloquen problemas al entrar"

"Me colocó en ridículo"

"Voy a colocar la queja"

"Esas cosas me colocan nervioso"

"No pude asistir, porque mi mamá se colocó enferma"

La lista podría hacerse interminable ("me coloqué rojo", "colocamos mucha atención", etc.), porque los hispanohablantes ingenuos han creído que es mucho más elegante el empleo de "colocar" que el de "poner". Parte del encanto de una lengua son sus matices. Colocar es un matiz de poner, así como guisar es una precisión de cocinar. Por eso no son sinónimos, y a menudo es una barbaridad sustituir "poner" por "colocar".

En su acepción más amplia, según don Rufino J Cuervo, colocar es "poner en el lugar debido". La Real Academia dice algo semejante. Así, pues, colocar no es simplemente poner, sino poner donde corresponde. De manera que nadie se coloca colorado, ni enfermo. En cambio, aquella lamparita hay que colocarla en la mesa roja, porque en la verde se ve mal.

Otras dos acepciones específicas de colocar: 1) Invertir dinero, acciones o valores ("Coloqué plata al tres por ciento"). 2) Acomodar a una persona en un empleo ("Mi hermano se colocó en el Senado").

Como norma general, evite el uso de "colocar" y juéguesela con "poner": hay menos posibilidades de meter las patas y ponerse colorado.

Además, conviene hacerlo ya mismo, antes de que el virus contamine a toda la familia: "Hay que poscolocar la cita", "No es bueno antecolocar los intereses personales a los de la patria".

Y aquí pongo término a esta columna y coloco el punto final.

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Formule sus
consultas sobre lenguaje a soledadmoliner@hotmail.com o a LECTURAS FIN DE SEMANA de EL TIEMPO, Avda. Eldorado 59-70, Bogotá D. C.

Wednesday, August 16, 2006

Última noche

Otro más de los ejercicios de escribir algo sobre alguna imagen. Éste es un afiche que tengo en mi casa y Clauz, siguiendo el juego que ahora tanto me gusta, me invitó a inventarle una de esas historias que no se ven.
La última noche

Desde que se terminó la construcción del nuevo puerto fue disminuyendo la cantidad de los barcos que pasaban por acá. Hace tiempo que ninguno se aparece y a pesar de eso habían decidido mantener el faro. Finalmente llegó algún burócrata con algo de seso y programó que esta noche sea la última. Pareciera que el mar lo supiera y además de apagar la luz quisiera destruir la estructura para que no quede ni el recuerdo.

Tuesday, August 15, 2006

Una ballena en el Támesis

A comienzos de este año se supo de una ballena extraviada en el Támesis. En su momento escribí algo sobre eso en el blog En medio del ruido y hoy me doy cuenta que fue el comienzo de lo que hoy llamo "Palabras de fotos". No fue sólo la foto la que me inspiró un cuentito pero fue el construir una historia de lo que no se ve en lo que nos cuentan. Aquí la dejo.

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Una ballena andaba de gira por Londres. Dicen que se distrajo siguiendo peces, como una niña que se extravía de sus padres, corriendo tras un globo suelto y gritando de alegría. Pudo ser también que tareara viejas canciones, de la misma forma que los humanos vamos por la calle pensando en quién sabe quién, o nos pasamos del paradero correcto del transmilenio porque andábamos recordando o imaginando los abrazos de quien nos cambió la vida.

Aunque la ballena iba cantando, y eso no lo dicen quienes la vieron, su inaudible canción buscaba sólo un par de oídos. Centenares de peces y unos delfines que anteriormente habían ido por allí cuentan que en algún segundo piso cerca del Támesis permanecía una vieja sirena, quien hace cientos de años se exilió voluntariamente en la zona, mucho antes que se construyera la torre, el parlamento o el Big Ben. La ballena iba llamándola con sus cantos ancestrales. Hay quienes aseguran haber presenciado que desde una silla de ruedas se lanzó al agua una anciana con una enorme y dorada cola de pescado, según pudo verse al caer la manta que cubría la parte inferior de su cuerpo. Las vieron escapar río abajo saltando alegremente. En la orilla quedó la silla vacía y un sirviente tan viejo como la anciana. Dicen que responde al nombre de Ulises.

Saturday, August 12, 2006

Palabras a partir de imágenes

Después de ver una foto en el blog de Víctor Solano "Tallar con luz" se me ocurrió inventarle un pedacito de historia. Me gustó el ejercicio y a partir de hoy creo una categoría en este blog llamada "Palabras de fotos", pequeños textos o cortas frases construidas a partir de lo que una imagen me provoca. Van los primeros, basado en las fotos "mar blanco" y "Flamingo road" del blog de Víctor.

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Mar Blanco


"Jugaban a los submarinos bajo el mar blanco. El capitán había ordenado el silencio en las comunicaciones mientras el peligroso destructor vagaba por la superficie con su vistosa bandera del color de la rosa de China. Si eran descubiertos se echaría a perder la expedición."

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Flamingo Road

A tu derecha surgió de repente, tras una curva, la primera laguna de flamengos. "Entonces el viejo no me estaba engañando", pensaste. Era solo el comienzo; monte adentro podrías descubrir que el hombre mentía pero ya estarías demasiado lejos, sería demasiado tarde. Sorbiste un poco de agua y siguiendo la sombra de unos matarratones te internaste en la maraña."

Tuesday, August 08, 2006

El pecaminoso placer de una bebida negra

Con los codos apoyados sobre mis rodillas, tomándote entre mis dos manos, cierro los ojos y tu aroma me eleva. Viene a mis recuerdos un desayuno en la finca. Mesa burda de madera sobre el cemento entre las dos casas; en un plato las arepas recién asadas en el horno de leña mientras yo estoy sentado en el banco largo donde caben también mis hermanos. En mi ensoñación, como hoy, sostengo una taza sin orejas que me entrega un café lleno de misterios. Abro los ojos y estoy de vuelta en mi sala, sobre el piso, con postura de monje. Dirijo el borde del pocillo hacia mis labios que tiemblan ante el humeante líquido negro que se les aproxima pero el olfato los calma al contarles que no es ningún castigo medieval sino una forma más de complacerlos.

Sin azúcar, como debe ser, entra en mi boca mientras las notas frutales y ácidas empiezan a bailar de un lado a otro. El amargo en su punto justo se explaya mientras hago unos buchecitos para que los secretos del pecado salten por mi boca. Su divino poder que quita el cansancio va a mi estómago camino a mi alma. Lento, el café pasa bajó la campanilla haciendo música con ella y mis labios se abren cuando la taza se aleja para permitir unos cuantos segundos de éxtasis. Antes que la siguiente dosis de poder llegue como un sorbo a mi cuerpo.

Tuesday, August 01, 2006

Un ejercicio para el diplomado

Ahí está mirándome. ¿O no? ¿O está mirando por estos lados pero no a mí? ¿Estará mirando a esa loba boba de allá? Ahí está con los amigos, que jartera de tipos. En cambio él es mucho divino, un poquito callado pero lindo. Y dicen que es lo más de tierno. Sí, creo que me mira porque cuando después de un instante de sostenerle la mirada voy a sonreírle baja la cara y se hace como que no es con él. ¿Será que no sabe bailar? Mucho bobo, eso no importa. Yo le enseño gratis si quiere. Además ninguno de esos patanes de sus amigotes baila nada y no les importa. Eso sí, tienen decisión y no les importa hacer el oso.

Otro merengue que suena y yo sigo sentada esperando que él venga. Me ha tocado un par de veces decirle a otros que no quiero bailar a ver si el viene aunque sea a saludarme. Pero nada, siempre con su coca cola en la mano. Yo creo que sí lo dejaran se iba a poner la música para no tener que pasar por el oso de quedarse sin bailar. Al menos así tiene una excusa; chimba pero excusa. Y estos otros impertinentes que se la quieren rumbear a una como si fuera una puta. No me imagino si se enteran que uno como ellos le hizo algo así a sus hermanas. Parece que para ellos las hermanas no fueran mujeres sino ángeles o reencarnaciones de la virgen. ¿Virgen? Si supieran lo que yo sé son capaces de echarlas de la casa. Y le proponen a uno lo mismo... pendejos hipócritas.

¿Ves? Allá va, a hablar con el DJ, preguntando por alguna canción. Por qué tengo que esperar a que ellos vengan? Pasa y pasa la fiesta y uno aguardando como en un mercado de esclavos a que los amos la escojan a una. ¿Oye, tú lo conoces? Vamos al baño y de vuelta me lo presentas como si nada ya que no está con los amigos. A ver si se pone rojo.... pobrecito, me imagino que le da pena todo. Pero no importa, está divino a pesar de esa camisa a cuadros que su mamá le debió poner para la fiesta como si fuera lo último de la moda. Con el tiempo le voy corrigiendo los gustos y que se vaya despegando de su mamita porque así no vamos a llegar a ningún lado.

Sunday, July 09, 2006

En la ciudad de las oportunidades

Eran sus ojos del matiz de gris que mejor combinaba con su piel blanca y pecosa, enmarcados por unas hermosas, gruesas y negras cejas. Delgada, de estatura intermedia tirando a alta. Es decir algo mayor a la mía, según mis cálculos porque siempre estuvo sentada.

Yo creía que manejaba un aceptable inglés de repente cambié de opinión y sentí que todas mis clases en el colegio, en la universidad y las demás se habían disuelto en la atmósfera pesada de los túneles del metro de Nueva York dejándome sin palabras. La cobardía es asunto de los hombres, no de los amantes y fui en ese rato el hombre más hombre, el más cobarde, el menos amante. Hoy que me siento a recordar aquel suceso y vienen a mi memoria decenas de ocasiones donde el miedo me impidió lograr lo que a mis ojos aparecía como un verdadero camino.

Era uno de mis viajes de vacaciones a Nueva York e iba montado en el tren de la línea F, dirección Uptown, de Brooklyn hacia Queens pasando por Manhattan. Yo tenía programado descender en esa isla y poco antes de pasar bajo el East river se subió la protagonista de este relato y se sentó en una de las tantas sillas vacías a las 11 de la mañana en el metro. Como ven, no he olvidado ese momento. Aquél en el que las palabras y la gramática inglesas salieron por una de esas ventanuchas miserables que a veces están abiertas en los vagones. Allá quedaron y no me han alcanzado de nuevo.

Ella iba acompañada de dos muchachos jóvenes y dialogaban con esa fluidez que mis tripas envidiaban. Yo iba cargado con toda la parafernalia que acostumbro incluir cuando viajo como turista: cámara, cuaderno, esfero, gorra, mapas… Iba con el miedo que le da a cualquier extranjero hablar en Estados Unidos, aumentado por la parálisis causada al encontrar la mujer de los sueños justo enfrente y con el pánico de cometer cualquier equivocación que terminara con mi humanidad acusada por acoso sexual en uno de esas precintos policiales que tanto vemos en los enlatados. No pretendía enredarme con ella, sólo quería tener su foto y aquí me tienen, pensando todavía qué era lo que debía haber dicho o si simplemente debía ajustar la cámara, sonreírle y tomar un par de instantáneas que me ayudaran a recordarla.

Creo que ni una mirada suya obtuve, la cámara estuvo en mis manos sin lograr una fotografía borrosa. Ni una con mal encuadre, cortada o velada. Fue antes del famoso once de septiembre entonces la paranoia no habitaba sino en mi cerebro. Finalmente llegué a donde había planeado y sin vergüenza de mi cobardía dejé el tren sin parar de mirarla. Ella siguió sentada cuando las puertas se cerraron y el tren arrancó. Yo quedé parado en el andén unos segundos y con la certeza del futuro perdido tomé mi camino, guarde la cámara en su estuche, éste en el morral y salí a enfrentar el agobiante calor de julio en la capital del mundo, la ciudad de las oportunidades.

Thursday, June 15, 2006

Ventana de la palabra (VI)

Este texto es transcrito de "Las palabras andantes" de Eduardo Galeano

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Ventana de la palabra (VI)

La A tiene las piernas abiertas.

La M es un subibaja que va y viene entre el infierno y el cielo.

La O, círculo cerrado, te asfixia.

La R está notoriamente embarazada.

-Todas las letras de la palabra AMOR son peligrosas- comprueba Romy Díaz-Perera

Cuando las palabras salen de su boca, ella las ve dibujadas en el aire

Friday, June 09, 2006

Cucunubá

La tarea era hacer una crónica sobre un publo cercano a Bogotá. Salió esto. Como siempre, ando con la duda que sea una verdadera crónica.

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Cucunubá: la niña bonita del Valle de Ubaté

Encaminarme al municipio de Cucunubá era enfrentarme con mis recuerdos de infancia.

El nombre cucunubá se encuentra en mis más profundos recuerdos como un pasatiempo y no como una población. Cuando tenía alrededor de seis años me regalaron un juego con ese nombre que consistía en un trozo de cartón con unos huecos por los cuales debían introducirse canicas lanzadas desde cierta distancia. El tablero estaba lleno de vistosas figuras de colores y en uno de sus bordes, el que se apoyaba en el suelo, los hoyos eran como las bocas abiertas de mágicos payasos; se buscaba acumular la mayor cantidad de puntos al lograr que los pelotitas de cristal ingresaran en esas cuevas sin dientes, cada una con un puntaje asignado. Un par de años después, ya en el colegio, durante una de las periódicas épocas de fiebre por las canicas que invadía el Liceo de Cervantes, conocí otra versión de este mismo juego pero lo llamaban ‘la ratonera’ por la evidente similitud de los huecos en el cartón con las guaridas de los ratones de las caricaturas en la tele. Se fabricaba con el retal de cualquier caja anónima y se perfilaba uno de sus bordes con un cuchillo tomado en préstamo de la cocina. No tenía payasos. Y nadie más tenía un cucunubá como el mío.

Hacía un par de años quería viajar a conocer el pueblo de Cundinamarca y este mes fue el momento propicio. Una vez pasamos Zipaquirá la carretera se me convirtió en un camino construido por los aromas del carbón, la arcilla y la leche que nos acompañaron por el trayecto aunque casi al llegar se coló un olor putrefacto. Sucedió justo cuando abordábamos la carretera secundaria que nos transportaba en los últimos kilómetros de nuestro viaje. Esto porque circulamos en una zona que el agua cubrió durante el último invierno. Durante la temporada de lluvias hubo inundaciones en el valle de Ubaté y muchas vacas lecheras enfermas de estar sumergidas en el agua estancada. Cucunubá no tuvo grandes inundaciones como otras poblaciones cercanas pero el río que pasa por su lado decidió bloquear la carretera con un flujo desbordante y los potreros vecinos hoy sufren la podredumbre causada por el agua, que ya se retiró pero dejó su rastro a través de los pastos descompuestos.

Desde lo lejos sabíamos que íbamos por el camino correcto porque vimos sobre el cerro donde se encuentra La Capilla las letras blancas que forman el nombre del pueblo al mejor estilo Hollywood. En un instante frente a nosotros surgió una pared hecha de roca y llena de barbas de viejo que me recordaba las murallas centenarias de un castillo feudal. Me sentí en un delirio como el de Don Quijote combatiendo a sus gigantes. Nadie podrá quitarme la imagen de estar acercándome a una vieja fortaleza que se situaba justo al lado del camino. Entonces nuestra ruta ya no era asfaltada sino empedrada, y no cabalgábamos sobre un auto sino sobre reales caballos y Carlota y Nico, las manifestaciones corpóreas de mi niño interior casi exterior, veían dragones sobrevolando nuestro andar.

Finalmente las bestias se fueron. En realidad eran grises nubes que nos amenazaron durante un rato hasta que el viento las llevó a otro reino. Mientras tanto, nosotros entrábamos al Cucunubá de los adultos imaginando que atravesábamos el cartón del juego de la infancia a través de las calles que nos llevaban dentro de los payasos pintados. Allí era posible encontrarnos con las damas y caballeros del castillo que acabábamos de pasary otros personajes de la corte. Y así fue porque el primer encuentro fue con un vistoso grupo de arlequines que cantaban y bailaban para nosotros y para convocar a la gente de su pueblo a dar a los niños el valor que merecen. El colectivo de niños que hacen parte de las escuelas de música y danza ha tomado el nombre de Arlequines.

La gente en Cucunubá es como de cuento de hadas. Amable, confiada, tranquila, servicial, colaboradora, atenta. Por ejemplo don Silvio, quien nos habló de sus ovejas, sus telares y la gente que trabaja para él y hasta dejó solo su local para llevarnos donde don Luis, el escritor, ingeniero y periodista. También doña Estella, la que de manera espontánea nos sugería las mejores almojábanas y las mejores fotos. O don Josué con su almacén donde vendía helados, tapetes canastos y cortinas al lado de su otra tienda donde se encontraba un surtido más tradicional.

Merece una atención especial Don Luis Castillo. Un personaje nacido en Cucunubá, con una preciosa casona de ciento veinte años en una de las esquinas del marco de la plaza, ingeniero de petróleos que al jubilarse dijo no tener nada más qué hacer que sentarse a escribir. Aunque ya antes lo había hecho con dos libros sobre su carrera y las empresas donde había trabajado esta vez se dedicó a la Historia y publicó el primer libro en 400 años de la historia del pueblo y espera que no vuelva a pasar tanto tiempo antes que alguien lo haga de nuevo. En lo que antes fue un terreno baldío junto a la plaza se construyó su centenaria mansión llena de muebles curiosos y antiguos, escenario de varias telenovelas y seriados colombianos, con detalles únicos como su escalera de madera, las habitaciones que se comunican entre sí, los balcones acompañados por la tradicional pintura blanca en las paredes. En su jardín guarda una piedra de molino y en su sala un diván fantástico el cual no vende a pesar de las innumerables propuestas de compra, incluyendo las de varios actores de los que han pasado grabando por allí. A Don Luis todo el mundo lo conoce y todos saben de su libro aunque en realidad no tantos lo hayan leído. Su biblioteca incluye largas hileras amarillas de viejos ejemplares de la revista de la Nacional Geographic; también una edición del quijote que data del siglo XIX y que halló casualmente en el zarzo de la casa de su familia en Chía donde los espantos persiguieron a su mamá durante las noches de varios meses.

Si en general el pueblo es tranquilo, con el altísimo riesgo de producir tedio en algunos, subir al cerro de la Capilla de Nuestra Señora de Lourdes puede ser una experiencia casi mística. No por el componente religioso de su templo o la religión sino más bien por ser un espacio adecuado para escucharse a uno mismo. El camino incluye el paso junto a las letras que sobre la montaña forman el nombre del pueblo al propio estilo de la famosísima meca del cine norteamericano. Ya en la cima te puedes sentar a contemplar por horas el apacible valle. Unos buenos binóculos permitieron descubrir varios secretos e incluso ver a lo lejos la torre de la iglesia de Ubaté. Pero más allá de los detalles, se respira paz verdadera y uno no puede dejar de preguntarse por qué el país no es así en todas partes.

Don Silvio tiene su almacén de tejidos en una casa con ovejas justo en el marco de la plaza; nos dice que los jóvenes ya no tejen como lo hacen los mayores y que con su generación morirá la tradición por la cual es reconocido el pueblo. Por ejemplo, ninguno de sus hijos se ha atrevido a manejar los telares en los que él se ha a venturado desde que tenía siete años. Como contraste encontramos al hombre que dice vender el mejor yogur de la región. Lo primero que me viene a la cabeza es que me hablarán de una fórmula antigua transmitida de boca en boca por varias generaciones en esta tierra lechera pero no existe tal tradición. Su hija ingeniera hizo unos cursos de lácteos en el Sena y decidió volver a su pueblo a montar la industria de yogur más exitosa de la zona. La encontramos en una casa común, en apariencia, en la calle que se toma para ir de la plaza al cementerio. Es de verdad algo diferente.

Volveremos a Cucunubá en tres semanas a coser patincitos y cobertores para bebés comocolaboració del programa Maratón de muñecos. Esta vez será algo como martón de patines. De paso reviviremos unas buenas almojábanas, unas emocionantes historias narradas por la gente, los voladores ruidosos al amanecer del domingo, el mejor yogur de la región, la tradición de los tejidos que está desapareciendo según Don Silvio o los tejidos cinco estrellas que se encuentran en el local de la Fundación Compartir. Tal vez entonces conozca a una de las tejedoras que pueden hacer quince mil quinientos nudos a un chal o a una bufanda, así no sea muy feliz haciéndolo; o a los artesanos hombres que alistan los grandes cortes en el telar que luego habrán de llevar a las tejedoras más hábiles. Quizá en esta ocasión sí nos traigamos a Bogotá la ruana blanca o la cobija rosada.

Aunque no hice la compra de algún tejido, guantes, cobijas o cortinas, el calor de los habitantes de Cucunubá va conmigo. A pesar del frío, que no es tanto, la calidez se palpa en el aire. La próxima vez nos daremos una pasada por la casa de la cultura a conocer los nuevos computadores que se consiguieron a través de la donación de una dama japonesa, iremos a tomar un buen café en el local de doña Eddy y su hija y buscaremos el camino en ese pueblo donde hasta las casitas de perro tienen las paredes blancas con zócalo verde y el techo de tejas de barro.

Y tal vez sin yelmos ni armaduras ni lanzas logre conquistar las murallas de mi castillo. Nadie va a tener un Cucunubá como el mío.